sábado, 3 de diciembre de 2016

ESPECIALES: Chapecó, la ciudad del cielo

Este blog quiso hacer una crónica acerca de la tragedia ocurrida en Colombia, donde Dios se llevó a 76 ángeles a jugar un partido en cielo. El fútbol sudamericano está de luto.


La imagen no necesita descripción (Fuente: Google)

Muy pocos en el mundo podían ubicar en el mapa esta ciudad brasileña de 200.000 almas. Algo que ya había cambiado incluso antes del accidente. Es que allí se reunieron todos los componentes de un drama universal.
Hace 7 años Chapecoense era un club deportivo al borde de la quiebra que jugaba en la sacrificada y semiprofesional cuarta división del fútbol brasileño. Con directivos locales, limpió su administración al tiempo que ascendía, un campeonato tras otro, hasta llegar a primera división. Lo hizo sin jugadores carísimos ni estrellas que brillaron en Europa. Eran futbolistas de la casa y encontados de clubes sudamericanos. En un pueblo pequeño, eran como de la familia. Todos los veían en las calles o bares del centro luego de los partidos.
Parecía un sueño. Los pobladores de Chapecó veían enfrentar a su equipo en su pequeño estadio a los grandes equipos del Brasil. Cuando fueron pasando las fases de la Copa Sudamericana hasta llegar a la final, Chapecoense dejó de ser un mínimo equipo del interior para ser adoptado por todo el Brasil. Incluso antes del accidente lo habían nombrado el "club más querido del país", título simpático, pero imposible frente a la popularidad del Flamengo, del Corinthians y otros monstruos del fútbol. Pero ¿quién podría dejar de conmoverse con todo lo conquistado por el Chapé?
El sueño fue abruptamente convertido en drama que hasta hoy no termina. Chapecó descubrió que no estaría en el centro mediático mundial por ser la ciudad de los campeones sudamericanos. Como tibio consuelo queda la evidencia que si eso hubiera ocurrido sería, de todos modos sería una gloria efímera. Antes que ellos, otro club pequeño e inesperado había llegado a la cima continental. El Cienciano del Cusco campeón de esa copa en el 2003 y la recopa en 2004, frente a River Plate y Boca Juniors. Cusco tuvo una pasajera celebridad futbolística. Pero luego vinieron una crisis dirigencial, una sucesión de derrotas y el olvido. Hoy, el club ya no está en la primera división peruana.
Chapecó nunca será olvidada y mucho menos sus héroes caídos en la montaña. Hay demasiada cosa, demasiada humanidad en su drama. El dolor de los chapecoenses interpela a todos sobre la fragilidad de la vida. Imposible mirar por televisión las imágenes del avión destrozado mezcladas con la alegría y el optimismo de aquellos jóvenes durante su partida al vuelo final sin sentir una congoja propia, una tristeza individual e intransferible sobre el sentido de la existencia.
Es un dolor apenas complacido por la otra cara de la vida: las muestras de solidaridad mundial. Entre los homenajes casi simultáneos de los estadios con el minuto de silencio, había una humanidad entera meditando sobre la verdad de la tragedia en ese vuelo hacia la gloria. El drama de Chapecó la hará universal de verdad.
                   

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