| La imagen no necesita descripción (Fuente: Google) |
Muy
pocos en el mundo podían ubicar en el mapa esta ciudad brasileña de 200.000
almas. Algo que ya había cambiado incluso antes del accidente. Es que allí se
reunieron todos los componentes de un drama universal.
Hace
7 años Chapecoense era un club deportivo al borde de la quiebra que jugaba en
la sacrificada y semiprofesional cuarta división del fútbol brasileño. Con
directivos locales, limpió su administración al tiempo que ascendía, un
campeonato tras otro, hasta llegar a primera división. Lo hizo sin jugadores
carísimos ni estrellas que brillaron en Europa. Eran futbolistas de la casa y
encontados de clubes sudamericanos. En un pueblo pequeño, eran como de la
familia. Todos los veían en las calles o bares del centro luego de los
partidos.
Parecía un
sueño. Los pobladores de Chapecó veían enfrentar a su equipo en su pequeño
estadio a los grandes equipos del Brasil. Cuando fueron pasando las fases de la
Copa Sudamericana hasta llegar a la final, Chapecoense dejó de ser un mínimo
equipo del interior para ser adoptado por todo el Brasil. Incluso antes del
accidente lo habían nombrado el "club más querido del país", título
simpático, pero imposible frente a la popularidad del Flamengo, del Corinthians
y otros monstruos del fútbol. Pero ¿quién podría dejar de conmoverse con todo
lo conquistado por el Chapé?
El sueño fue
abruptamente convertido en drama que hasta hoy no termina. Chapecó descubrió
que no estaría en el centro mediático mundial por ser la ciudad de los
campeones sudamericanos. Como tibio consuelo queda la evidencia que si eso
hubiera ocurrido sería, de todos modos sería una gloria efímera. Antes que
ellos, otro club pequeño e inesperado había llegado a la cima continental. El Cienciano
del Cusco campeón de esa copa en el 2003 y la recopa en 2004, frente a River
Plate y Boca Juniors. Cusco tuvo una pasajera celebridad futbolística. Pero
luego vinieron una crisis dirigencial, una sucesión de derrotas y el olvido.
Hoy, el club ya no está en la primera división peruana.
Chapecó
nunca será olvidada y mucho menos sus héroes caídos en la montaña. Hay
demasiada cosa, demasiada humanidad en su drama. El dolor de los chapecoenses
interpela a todos sobre la fragilidad de la vida. Imposible mirar por
televisión las imágenes del avión destrozado mezcladas con la alegría y el
optimismo de aquellos jóvenes durante su partida al vuelo final sin sentir una
congoja propia, una tristeza individual e intransferible sobre el sentido de la
existencia.
Es un dolor
apenas complacido por la otra cara de la vida: las muestras de solidaridad
mundial. Entre los homenajes casi simultáneos de los estadios con el minuto de
silencio, había una humanidad entera meditando sobre la verdad de la tragedia
en ese vuelo hacia la gloria. El drama de Chapecó la hará universal de verdad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario